Los ataques de pánico o crisis de angustia constituyen un trastorno bastante frecuente que afecta con más frecuencia a las mujeres. Se calcula que hasta un 9,3 % de la población general puede presentar alguna crisis aislada a lo largo de la vida. Durante un mismo año lo sufrirá 1 o 2 de cada 100 habitantes. Entre un tercio y la mitad de ellos presentará además síntomas agorafóbicos (respuestas de ansiedad y miedos específicos a situaciones concretas, como puede ser el temor a sufrir un ataque de pánico esperando el autobús, haciendo cola en una tienda, atendiendo a un cliente, caminando por una calle muy transitada por viandantes, etc). La mayor parte de personas que lo sufren pueden tener una vida relativamente normal a pesar de mantenerse las crisis. En otras, la sucesión de repetidas crisis puede llegar a alterar al individuo y modificar de manera significativa sus hábitos cotidianos, pudiéndolo vivir como experiencias incontrolables, impredecibles e inmanejables. Entre las características comunes del trastorno se encuentra la preocupación sobre las consecuencias que las crisis pueden tener sobre la salud física (por ej. pueden aparecer temores a sufrir enfermedades cardíacas, a volverse loco, a desmayarse, a sufrir un tumor cerebral, etc).

Las crisis de angustia pueden aparecer de forma aislada sin otra sintomatología asociada, pero también pueden coexistir con otros problemas emocionales como pueden ser la depresión, fobias (miedos extremos a situaciones normales), u otros. Estas, ya sean espontáneas o asociadas a un estímulo externo, surgen de una interpretación falsa y equivocada de tipo catastrófico de algunas sensaciones corporales que no son más que respuestas más o menos normales a la ansiedad. Son frecuentes las interpretaciones del aumento de las pulsaciones del corazón como un infarto inminente, o entender que la sensación de ahogo o dificultad respiratoria desembocarán sin duda en la muerte por asfixia o un infarto. Es decir, un estímulo corporal se asocia a un pensamiento catastrofista de forma automática. Las situaciones en que pueden aparecer son variadas, y hay estímulos internos, como algunas sensaciones corporales, imágenes o pensamientos, que se perciben con miedo, lo que hace que aumente el nivel de ansiedad y aparezcan nuevas sensaciones corporales, que se interpretan como la confirmación e inminencia de la catástrofe, desencadenándose el ataque de pánico. Las respuestas fisiológicas más alteradas suelen ser mareo, aumento de ritmo respiratorio, sensación de asfixia, visión borrosa, tensión muscular, dolor o pinchazos en el pecho, sensación de ireralidad, sudor, ráfagas de calor/frío, hormigueo, entumecimiento y pérdida de sensibilidad en partes periféricas del organismo, calambres, flojedad en las piernas, sensaciones en el estómago y sequedad de boca. Estas sensaciones no son únicas ni siempre las mismas. Durante el ataque de pánico la intensidad es muy elevada, y aparece bruscamente. A medida que el problema crece y el miedo aumenta, aparte de las conductas de escape, aparecen las conductas de evitación (se esquivan las actividades o situaciones que se percibe que puedan producir pánico), con el objetivo de reducir la posibilidad de sufrir otro ataque de pánico o de buscar situaciones seguras. Suelen evitarse situaciones como conducir, estar a solas en casa, salir a la calle, alejarse de casa, entrar en cines, restaurantes o locales públicos, utilizar transportes públicos, etc.

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Levante, mayo 2005
Angeles Berlanga Adell
Psicóloga y Diplomada en Estudios Avanzados
Instituto Valenciano de Psicología